—¿Lo has pensado bien?
—¿Pensar qué? —dijo.
—Ser un peatón verde. Uno de los nuevos. Como aquel de allí —señaló
al otro lado de la carretera, hacia la otra acera blanca, lisa y susurrante—.
Aquel es un phlauto; siguen todas las normas del código de circulación
canónico.
Al pequeño Wlist se le llenó de líquido la pleura, por la
ansiedad. Se vio reflejado en uno de los múltiples espejos de los enormes
edificios alineados, extravagantemente planos, monocordes y rectangularmente
altos. Echaba de menos la cuadra de Magenta, su yegua, y la vasta estepa, en el
otro planeta. Se desencadenó la vibración de siempre: ese choque de placas tan
extraño.
—Regresamos en segundos y visualizamos el plano de este.
Wlist se quedó confuso; no se movía ni un corcho.
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